domingo, 14 de agosto de 2016

UN ATENTADO A LA UNIDAD DE LA IGLESIA





Porque la unidad de la fe es el "fundamento necesario" de la "armonía de las voluntades" y de las "concordancia de las acciones" (56), en resumen, de toda unidad en la Iglesia, de allí se sigue que cada vez que la jerarquía reclama "unidad de comunión" o de "gobierno" en oposición más o menos grave con la "unidad de la fe", atenta contra la unidad de la Iglesia.

León XIII lo advertía desde 1899, en la Testem benevolentiae:"Ellos (los obispos americanistas) sostienen, en efecto, que para ganar los corazones de los extraviados es oportuno callar ciertos puntos de doctrina, como si fueran de menor importancia, o atenuarlos al punto de no dejarles el sentido al cual la Iglesia se sujetó siempre. No hay necesidad de largos discursos para mostrar cuán condenable es la tendencia de esta concepción... Tampoco hay que pensar que no hay ninguna falta en ese silencio con el cual se quiere cubrir ciertos principios de la doctrina católica para envolverlos en la oscuridad del olvido. Pues todas esas verdades que forman el conjunto de la doctrina cristiana no tienen más que un solo Autor y Doctor...

"Que se cuide, entonces; el no suprimir nada de la doctrina recibida de Dios, no omitir nada por ningún motivo; pues aquel que lo hiciera tendería más bien a separar a los católicos de la Iglesia, que atraer a la Iglesia a los que están separados. Que ellos vuelvan es nuestro mayor deseo, sin duda; que vuelvan todos aquellos que andan errantes lejos del redil de Jesucristo, pero no por otra vía más que la que el mismo Cristo ha mostrado". Todo comentario es superfluo. León XIII advierte aquí claramente que el ecumenismo irénico atenta contra la pureza y la integridad de la Fe y; por eso mismo contra la unidad de comunión en la Iglesia. No es necesario demostrar que es, justamente, ese ecumenismo pregonado desde el Vaticano 11, el que destroza la unidad de la Iglesia, y que continuar sobre el camino "irreversible" de este ecumenismo, equivale a continuar comprometiendo la integridad y la pureza de la Fe, lo que ilustra perfectamente la iniciativa de Asís.

Destaquemos todavía que León XIII dice "tendería a separar a los católicos de la Iglesia", porque de hecho nadie puede separar al católico de la iglesia si él mismo no se separa culpablemente: el motivo de separación temporal con las orientaciones de la jerarquía no equivale a separarse de la Iglesia. Al contrario, el Diccionario de Teología Católica escribe: "Los teólogos medioevales, los de los siglos XIV,XV y XVI, al menos, tienen el cuidado deseñalar que el cisma es una separación ilegítima (en cursiva en el texto) de la unidad de la la Iglesia, pues, dicen, podría haber una separación legítima, como si alguno rechazara obedecer a un Papa que mandara una cosa mala o indebida (Torquemada, Summa de Ecclesia). La consideración puede parecer superflua (no lo es hoy) y se puede pensar que como en el caso de excomunión injusta, habría una separación de la unidad puramente exterior y putativa" (57).

Fuente: Stat Veritas.

sábado, 30 de julio de 2016

Ecumenismo, amor, odio y San Juan Evangelista


Tilman Riemenschneider, La última cena, 
detalle que muestra a S. Juan el Evangelista




En su encíclica Mortalium animos, el Papa Pío XI hace una notable apelación a las enseñanzas de Juan, Apóstol y Evangelista, a distinguir entre la verdadera y la falsa caridad hacia los cristianos no católicos[1]:
«Estos pan-cristianos, que en sus mentes dan vueltas a la unión de las iglesias parece, de hecho, que persiguen la más noble de las ideas en la promoción de la caridad entre todos los cristianos: sin embargo, ¿cómo es posible que esta caridad tienda a dañar la fe? Todo el mundo sabe que el propio Juan, el apóstol del amor, que parece revelar en su Evangelio los secretos del Sagrado Corazón de Jesús, y que nunca dejó de enfatizar en la memoria de sus seguidores el mandamiento nuevo “Amaos unos a otros”, prohibió por completo cualquier relación con los que profesaban una versión mutilada y corrupta de la enseñanza de Cristo: “Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le saludéis”. Por lo que, ya que la caridad se basa en una fe completa y sincera, los discípulos de Cristo deben estar unidos, principalmente, por el vínculo de una misma fe. Entonces, ¿quienes pueden concebir una Federación cristiana, los miembros de las cuales conservan cada uno sus propias opiniones y juicio privado, incluso en asuntos que afecten al objeto de la fe, a pesar de que sean repugnantes a las opiniones de los demás? ¿Y de qué manera, nos preguntamos, pueden los hombres que siguen opiniones contrarias, pertenecer a una misma Federación de los fieles? Por ejemplo, los que afirman, y los que niegan que la Sagrada Tradición es una verdadera fuente de revelación divina; aquellos que sostienen que una jerarquía eclesiástica, formado por obispos, sacerdotes y ministros, ha sido constituida por Dios, y aquellos que afirman que se ha formado poco a poco, de acuerdo con las condiciones de la época; los que adoran a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía a través de esa maravillosa conversión del pan y del vino, que se llama transubstanciación y los que afirman que Cristo está presente sólo por fe o por la significación y la virtud del sacramento; los que en la Eucaristía reconocen tanto la naturaleza de un sacramento y de un sacrificio y los que dicen que no es nada más que el homenaje o conmemoración de la Cena del Señor; aquellos que creen que es bueno y útil invocar con la oración a los santos que reinan con Cristo, especialmente María, la Madre de Dios, y venerar a sus imágenes y los que instan a que una veneración tal no debe ser usada, porque es contraria al honor que se debe a Jesucristo “el único mediador entre Dios y los hombres”. ¿Cómo, tan gran variedad de opiniones, puede facilitar el camino para efectuar la unidad de la Iglesia? No lo sabemos; esta unidad sólo puede surgir de una autoridad en la enseñanza, una ley de la creencia y una fe de los cristianos. Pero sí sabemos que esto, es un paso fácil a la negligencia de la religión o de indiferentismo y al modernismo, como lo llaman».
Nadie entiende mejor la caridad que San Juan, pero él entendió que la virtud teologal de la caridad debe estar fundada en la virtud teologal de la fe y, por lo tanto, cualquier cosa que socava la fe de la necesidad, socava la caridad. Y, por lo tanto, nos manda evitar el contacto con los que socavarían la fe.
En general, se puede ver que el amor, necesariamente, provoca al que ama el odio a todo lo que amenaza con destruir lo que se ama. Por lo tanto, ya que naturalmente amamos la salud, entonces, es natural que odiemos la enfermedad; ya que, naturalmente amamos la vida, es natural que odiemos todo lo que destruye nuestras vidas y así sucesivamente. Y la caridad no es la excepción; el amor sobrenatural de Dios por encima de todas las cosas, necesariamente implica odiar al pecado, que se opone directamente a la caridad, y el error, que se opone a la fe en la que se fundamenta.
Pero los ecumenistas tienen dificultad para ver esto. Incluso, aunque dudaran en utilizar palabras tan fuertes, probablemente estarían de acuerdo con el juicio de Gerd Lüdemann, investigador no-católico del Nuevo Testamento escolar; sobre San Juan, dice en su crítica a Deus caritas est de Benedicto XVI[2]:
«[Las] comunidades joánicas estuvieron lejos de mostrar el amor que [el papa Benedicto XVI] recomienda a la Iglesia contemporánea. Porque no sólo la primera carta de Juan, -de la que la encíclica toma su tema y la exhortación-, restringen la hermandad a los de la fe ortodoxa, sino que la segunda carta de Juan, como era de prever, no se menciona en la encíclica, toma el mismo enfoque y lo empuja aún más. En los versículos 9 al 11 de esta muy breve carta, su autor, que se identifica a sí mismo sólo como “el anciano”, ordena a la comunidad recibir en sus hogares sólo a aquellos hermanos que confiesan la venida de Cristo en la carne. Cualquier hermano actual o anterior que tenga una opinión diferente en relación con la encarnación de Cristo debe ser rechazado. De hecho, “Juan” prohíbe a los miembros de sus comunidades, incluso saludarlos. Considera ésta una medida de precaución necesaria, para que la comunidad de la creencia correcta no se infecte por las malas doctrinas y la consiguiente culpabilidad de sus hermanos disidentes. ¡Qué extraño es encontrarse con tales protestas duras y llenas de odio en una carta rebosante de confianza de amor mutuo y que atestiguan el reconocimiento unánime de la comunidad de la verdad sagrada!»
El razonamiento de Lüdemann es, precisamente, el tipo de cosas que uno espera escuchar de ecumenistas contemporáneos. Y la razón es clara: no están motivados por la virtud sobrenatural de la caridad, fundada en la única fe verdadera, sino, más bien, por una benevolencia vaga, fundada en el modernismo y la indiferencia. Y como cada clase de amor, esta vaga benevolencia causa odio hacia todo lo que pone en peligro el objeto del amor; ellos (como San Juan) no odian la herejía, sino que odian el “fanatismo” y el  “fundamentalismo”. En otras palabras, ellos odian el derecho perenne de la Iglesia Católica para enseñar la verdad.
[Traducido por Rocío Salas. Artículo original.]
Fuente: http://adelantelafe.com/ecumenismo-amor-odio-san-juan-evangelista/

Romano Amerio: doctrina tradicional del ecumenismo


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La doctrina tradicional del ecumenismo está establecida en la Instructio de motione oecumenica promulgada por el Santo Oficio el 20 de diciembre de 1949 (en AAS, 31 de enero de 1950), que retoma la enseñanza de Pío XI en la encíclica Mortalium animos. Se establece por tanto:
Primero: «la Iglesia Católica posee la plenitud de Cristo» y no tiene que perfeccionarla por obra de otras confesiones.
Segundo: no se debe perseguir la unión por medio de una progresiva asimilación de las diversas confesiones de fe ni mediante una acomodación del dogma católico a otro dogma.
Tercero:la única verdadera unidad de las Iglesias puede hacerse solamente con el retorno (per reditum) de los hermanos separados a la verdadera Iglesia de Dios.
Cuarto: los separados que retornan a la Iglesia católica no pierden nada de sustancial de cuanto pertenece a su particular profesión, sino que más bien lo reencuentran idéntico en una dimensión completa y perfecta («completum atque absolutum»).
Por consiguiente, la doctrina remarcada por la Instructio supone: que la Iglesia de Roma es el fundamento y el centro de la unidad cristiana; que la vida histórica de la Iglesia, que es la persona colectiva de Cristo, no se lleva acabo en torno a varios centros, las diversas confesiones cristianas, que tendrían un centro más profundo situado fuera de cada una de ellas; y finalmente, que los separados deben moverse hacia el centro inmóvil que es la Iglesia del servicio de Pedro.La unión ecuménica encuentra su razón y su fin en algo que ya está en la historia, que no es algo futuro, y que los separados deben recuperar.
Todas las cautelas adoptadas en materia ecuménica por la Iglesia romana y máxime su no participación (aún mantenida) en el Consejo Ecuménico de las Iglesias, tienen por motivo esta noción de la unidad de los cristianos y la exclusión del pluralismo paritario de las confesiones separadas. Finalmente, la posición doctrinal es una reafirmación de la trascendencia del Cristianismo, cuyo principio (Cristo) es un principio teándrico cuyo vicario histórico es el ministerio de Pedro.
Romano AmerioIota Unum
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DOCUMENTACIÓN DOCTRINAL
Instructio de motione oecumenica (Ecclesia Catholica)
Aunque la Iglesia católica no tome parte en los congresos y en las demás reuniones «ecuménicas», nunca ha dejado, como se desprende de varios documentos pontificios, y nunca dejará en el futuro, de seguir con el mayor interés y de ayudar por medio de insistentes oraciones todo esfuerzo realizado con vistas a obtener lo que tanto deseaba Cristo Nuestro Señor: que todos los que creen en Él «estén consumados en la unidad».
Acoge con afecto verdaderamente materno a todos los que vuelven a ella como a la única y verdadera Iglesia de Cristo: animamos, pues, y promovemos todos los proyectos y empresas que, con el consentimiento de la autoridad eclesiástica han sido realizados o se están realizando actualmente, ya sea para instruir en la fe a aquellos que están en camino de convertirse, ya sea para darla a conocer de una manera más perfecta a los convertidos. En varios lugares del mundo debido a los acontecimientos exteriores y a los cambios de las disposiciones interiores, debido también y sobre todo a las oraciones comunes de los fieles, bajo la inspiración de la gracia del Espíritu Santo, el deseo de que todos aquellos que creen en Cristo Nuestro Señor vuelvan a la unidad, se ha ido haciendo cada vez más fuerte en el corazón de muchos hombres separados de la Iglesia católica. Para los hijos de la verdadera Iglesia este hecho es una fuente de santa alegría en el Señor y una invitación para ayudar a todos aquellos que sinceramente buscan la verdad, pidiendo por ellos a Dios la luz y la fuerza necesarias, por medio de insistentes oraciones. Algunas tentativas realizadas hasta el día de hoy, ya sea por personas aisladas o por grupos, para reconciliar con la Iglesia católica a los cristianos separados, aunque inspiradas por una excelente intención, no siempre se han fundamentado sobre principios justos, e incluso cuando lo han estado, no siempre se hallan protegidas de determinados peligros, como la experiencia ya ha demostrado. Así, pues, esta Sagrada Congregación, a la que incumbe la responsabilidad de conservar en su integridad y de proteger el depósito de la fe, ha estimado oportuno recordar e imponer las siguientes prescripciones:
I. Puesto que esta «reunión» pertenece ante todo a la función y al deber de la Iglesia, los obispos «que el Espíritu Santo ha establecido para gobernar a la Iglesia de Dios» deben dedicarle su especial atención con una gran solicitud. No sólo deben velar diligente y eficazmente sobre este movimiento, sino que, además, deben promoverlo y dirigirlo con prudencia, para ayudar primeramente a aquellos que buscan la verdad y la verdadera Iglesia, y también para apartar a los fieles de los peligros que fácilmente se derivarán de la actividad de este «movimiento». Razones por las que deben ante todo conocer perfectamente lo que este «movimiento» ha establecido y realiza en sus diócesis. Con este propósito, nombrarán sacerdotes capaces que, fieles a la doctrina y a las directivas de la Santa Sede, contenidas, por ejemplo, en las encíclicas Satis cognitum, Mortalium ánimos y Mystici Corporis Chrísti, seguirán de cerca todo lo que hace referencia al «movimiento» y les mantendrán al corriente de una manera periódica. Ejercerán una especial vigilancia sobre las publicaciones que los católicos editan en esta materia, sea cual fuere su forma, y exigirán que se observen los cánones de praevia censura librorum eorumque prohibitione (can. 1384 y sig.) no dejarán de hacer lo mismo en lo que se refiere a publicaciones no católicas, en lo que concierne a la edición, lectura o la venta realizadas por católicos. Procurarán también a los no católicos deseosos de conocer la fe católica todos los medios útiles a este fin, nombrarán personas y abrirán oficinas a las que los no católicos puedan dirigirse y pedir consejo;velarán con un cuidado especial para que los ya convertidos encuentren fácilmente la posibilidad de instruirse exactamente y de una manera más profunda sobre la fe católica y de ser formados activamente para la práctica de una vida religiosa ferviente por medio de reuniones y de asociaciones adecuadas, de retiros y de otras prácticas de piedad.
II. En cuanto al método a seguir para este trabajo, los mismos obispos establecerán lo que sea preciso hacer y lo que sea preciso evitar, y exigirán que todos se acojan a sus prescripciones. Velarán también para que bajo el falso pretexto de que hay que considerar mucho más lo que nos une que lo que nos separa, no se caiga en un peligroso indiferentismo, sobre todo por parte de aquellos que están menos instruidos en las cuestiones teológicas, y cuya práctica religiosa es menos profunda. Se debe evitar, en efecto, que dentro de un espíritu que hoy día se llama irénico, la doctrina católica, ya sea en sus dogmas o en sus verdades, se vea, por medio de un estudio comparado o por un vano deseo de asimilación progresiva de las diferentes profesiones de fe, englobada o adaptada en algún aspecto a las doctrinas disidentes, de modo que la pureza de la doctrina católica se halle afectada o bien que su sentido cierto y verdadero se encuentre oscurecido. Desterrarán también la peligrosa ambigüedad en la expresión que daría lugar a opiniones erróneas y a esperanzas falaces que nunca podrán realizarse, diciendo, por ejemplo, que la enseñanza de los Soberanos Pontífices, en las encíclicas sobre la vuelta de los disidentes a la Iglesia y sobre el Cuerpo místico de Cristo, no debe ser tomada en gran consideración, puesto que no todo es dogma de fe, o bien, y lo que es aún peor, que en las materias dogmáticas, la iglesia católica no posee la plenitud de Cristo, y que puede hallar una mayor perfección en las demás Iglesias.
Impedirán cuidadosamente y con real insistencia que al exponer la historia de la Reforma y de los reformadores, se exageren desmesuradamente los defectos católicos y apenas se hagan notar las faltas de los reformados, o bien que se dé importancia a elementos accidentales de tal modo que lo que es esencial, la defección de la fe católica no se perciba con claridad. Velarán, finalmente, para que a causa de un celo exagerado y falso o por imprudencia y exceso de ardor en la acción, no se perjudique en vez de favorecer el objetivo fijado. La doctrina católica debe ser expuesta y propuesta total e íntegramente, no hay que silenciar o usar términos ambiguos al referirse a lo que la verdad católica enseña sobre la verdadera naturaleza y las etapas de la justificación, sobre la constitución de la Iglesia, sobre la primacía de jurisdicción del Romano Pontífice, sobre la única unión verdadera mediante la vuelta de los cristianos separados a la única y verdadera Iglesia de Cristo. Sin duda, se les podrá decir que volviendo a la Iglesia no perderán ese bien que, por la gracia de Dios, se realizó en ellos hasta el momento presente, pero que con su vuelta, este bien se hallará completado y llevado a su perfección. Sin embargo, se evitará hablar sobre este aspecto de tal manera que se imaginen que al volver a la iglesia le aportan un elemento esencial que le faltaba. Hay que decir estas cosas con claridad y sin ambages, ante todo porque buscan la verdad, y también porque fuera de la verdad nunca podrá haber una unión verdadera.
III. Por lo que respecta a las reuniones y conferencias mixtas entre católicos y no católicos, que en estos últimos tiempos han sido organizados en muchos lugares para promover la «reunión» en la fe, la vigilancia y las directivas de los Ordinarios son especialmente necesarias. Puesto que si bien ofrecen la deseada ocasión de propagar entre los no católicos el conocimiento de la doctrina católica, demasiado a menudo desconocida por ellos, llevan consigo, para los católicos, el grave peligro de la indiferencia. Allí donde aparece la esperanza de un buen resultado, el Ordinario dispondrá todo para que estando bien dirigido, designando a sacerdotes especialmente preparados para esta clase de reuniones, sepan exponer y defender de manera conveniente la doctrina católica. Los fieles no deberán frecuentar estas reuniones sin la especial autorización de la jerarquía eclesiástica, que solamente la acordará a aquellos que son conocidos como instruidos y firmes en la fe. Pero si no aparece la esperanza de buenos resultados o bien si se presentan determinados peligros, con prudencia se alejará a los fieles de estas reuniones, las cuales serán disueltas o bien llevadas a desaparecer progresivamente. La experiencia nos enseña que las grandes reuniones de este tipo dan pocos resultados y son generalmente peligrosas, por ello sólo serán autorizadas después de un serio examen. A los coloquios entre teólogos y no católicos sólo se enviarán a aquellos sacerdotes que por su ciencia teológica y por su firme adhesión a las normas y principios establecidos en esta materia por la Iglesia, se habrán mostrado verdaderamente aptos para este ministerio.
IV. Todas las conferencias o reuniones, públicas o no, de gran o limitado acceso, organizadas de común acuerdo para que cada una de las dos partes, católica y no católica, trate sobre cuestiones de fe y de moral y exponga como propia la doctrina de su confesión, estarán sometidas a las prescripciones de la Iglesia, recordadas en la Advertencia Cum compertum, dada por la Sagrada Congregación el 5 de junio de 1948. Las reuniones mixtas no están, pues, prohibidas, pero sólo pueden tener lugar bajo la autorización previa de la jerarquía eclesiástica competente. Las instrucciones catequísticas, incluso cuando son dadas en grupo, ni las conferencias en las que la doctrina católica es expuesta a los no católicos que desean convertirse, aunque éstos expongan la doctrina de su Iglesia para ver con claridad cuáles son los aspectos en los que su doctrina está de acuerdo con la doctrina católica, y cuáles son en los que difieren, no están sometidas al Monitum. El Monitum tampoco concierne a las reuniones mixtas entre católicos y no católicos, en las que no se tratan cuestiones de fe ni de moral, pero en las que se intenta unir los esfuerzos para defender los principios del derecho natural o de la religión cristiana frente a los enemigos de Dios, hoy unidos entre sí, ni las reuniones en las que se trate del restablecimiento social y de otros temas parecidos. No es necesario precisar que, incluso en estas reuniones, los católicos no deben aprobar ni conceder aquello que no estaría de acuerdo con la Revelación divina y la doctrina de la Iglesia, aunque se trate de temas sociales. Por lo que se refiere a las reuniones o conferencias locales, que según lo que acaba de decirse se ven afectadas por el Monitum, los Ordinarios reciben, durante tres años desde la promulgación de esta instrucción, el poder de conceder el permiso de la Santa Sede, previamente solicitado, bajo las siguientes condiciones:
1a evitar totalmente cualquier participación mutua en los oficios litúrgicos;
2a que las conversaciones sean debidamente vigiladas y dirigidas;
3a que al final de cada año se haga saber a la Sagrada Congregación en qué lugares se han llevado a cabo dichas reuniones y cuáles han sido las experiencias obtenidas.
A propósito de los coloquios entre teólogos de los que hemos hablado anteriormente, se concede la misma facultad y por el mismo tiempo al Ordinario del territorio en el que estos coloquios tengan lugar, o bien al Ordinario común, delegado por los demás Ordinarios, para dirigir esta obra, según las condiciones más arriba indicadas, a condición de que cada año se mande a la Sagrada Congregación una relación de los temas tratados, las personas que han tomado parte en dichos coloquios y el nombre de aquellos que han presentado ponencias. En cuanto a las conferencias y reuniones interdiocesanas o nacionales o internacionales es preciso el permiso previo, especial para cada caso, de la Santa Sede; en la demanda hay que añadir los temas y las materias que se tratarán y el nombre de los ponentes. Antes de la obtención de este permiso no hay que iniciar los preparativos externos ni colaborar en los preparativos hechos por los no católicos.
V. Aunque en estas reuniones y conferencias se deba evitar la participación en cualquier oficio litúrgico, no está prohibida la recitación en común de la Oración dominical o de una oración aprobada por la Iglesia católica, pronunciada en el momento de apertura o de clausura de dichas reuniones.
VI. Si bien cada Ordinario tiene el derecho y el deber de vigilar, de ayudar y de dirigir esta obra dentro de su diócesis, una colaboración entre varios obispos será no sólo oportuna sino también necesaria para establecer los organismos y las instituciones encargadas de supervisar el conjunto de esta actividad, de examinarla y dirigirla. Los Ordinarios, pues, deberán ponerse de acuerdo entre sí para establecer los medios apropiados con el fin de obtener una uniformidad de acción y un entendimiento ordenado.
VII. Los superiores religiosos tienen la obligación de velar para que sus subordinados se adapten fiel y estrictamente a las normas de la Santa Sede o a los Ordinarios, en esta materia. Para que esta magnífica obra de la «reunión» de todos los cristianos en la única fe verdadera y en la única Iglesia verdadera se convierta cada vez más en el objetivo preferido de la misión pastoral, y para que todo el pueblo católico implore a Dios con mayor insistencia por la «vuelta a la unión», será útil que se den a conocer a los fieles, de una manera oportuna -por medio de cartas pastorales, por ejemplo-, estos problemas y los esfuerzos y prescripciones de la Iglesia a este respecto, junto con las razones que los inspiran. Todos, pero sobre todo los sacerdotes y los religiosos, deben estar inflamados de celo, para que con sus oraciones y sus sacrificios colaboren en hacer fructificar y progresar esta obra; es preciso recordar a todos que nada convencerá tanto a los que todavía están en el error como la fe de los católicos demostrada a través de la pureza des us costumbres.
Dado en Roma, en el Palacio del Santo Oficio, el 20 de diciembre de 1949
Francisco, Cardenal Marchetti-Selvaggiani, secretario
Alfredo Ottaviani, asesor.
L’0sservatore Romano el 1 de marzo de 1950 y en Acta Apostólica Sedis (A.A.S.) el 31 de enero de 1950.
Fuente: http://adelantelafe.com/doctrina-tradicional-sobre-el-ecumenismo/

C.S. Lewis sobre el ecumenismo



C.S. Lewis, gran apologista del siglo XX, elaboró una sugestiva reflexión sobre el tema cuando se le preguntó sobre la unidad de los cristianos, allá por el año 1944.

La búsqueda de la unidad entre los cristianos tiene su origen en el deseo del mismo Cristo: que todos sean uno (cf. Jn 17,22). Pero no resulta fácil alcanzar esta meta, sobre todo cuando años y siglos han separado a unos y otros.

C.S. Lewis, gran apologista del siglo XX, elaboró una sugestiva reflexión sobre el tema cuando se le preguntó sobre la unidad de los cristianos, allá por el año 1944.

Quien formuló la pregunta partió de un hecho: la gente no entiende las divisiones teológicas entre los cristianos. Luego añadió, dirigiéndose a Lewis: “¿Considera que estas diferencias son esenciales? ¿No ha llegado el momento de la reunión?”

La respuesta de Lewis partió de un punto firme: “Para la reunión el momento ha llegado siempre. Las divisiones entre los cristianos son un pecado y un escándalo, y los cristianos de todas las épocas deben contribuir a la reunión, al menos con sus oraciones”.



Luego recordó que él era un “cristiano reciente”, convertido hacía pocos años, y que siempre se había aferrado “a las posiciones dogmáticas tradicionales”.

Al adoptar esa postura (sin llegar nunca a ser católico), Lewis descubrió con sorpresa cómo recibía señales de aprobación por parte de cristianos muy diferentes: jesuitas, religiosas, cuáqueros...

Tras esa constatación, añadió algo de gran importancia: “Me parece que los elementos «extremos» de cada Iglesia están más cerca el uno del otro, y que los liberales y «tolerantes» de cada comunidad no se podrán unir de ningún modo”.

¿Qué pretendía afirmar con eso? Las palabras siguientes lo aclaran mejor: “El mundo del cristianismo dogmático es un lugar en que miles de personas de muy diversos tipos siguen diciendo lo mismo; y el mundo de la «tolerancia» y la religión «aguada» es un mundo en el que un pequeño número de personas (todas de la misma clase) dicen cosas totalmente distintas, y cambian de opinión cada pocos minutos. Nunca vendrá de ellos la reunión”.

Hasta aquí la respuesta de C.S. Lewis. ¿Es actual? Puede ser que sí, precisamente ante quienes buscan pseudocaminos de unidad al margen de la teología (de lo que cada grupo cree profundamente). La “tolerancia”, incluso desde buenas intenciones, no logra más que confusión. O produce una religión “aguada”, como diría Lewis, o un cristianismo descafeinado, repetidas veces condenado por el Papa Francisco.

Entonces, ¿cómo avanzar hacia la verdadera unidad, cómo lograr un ecumenismo sano? Desde el amor a la verdad, con la mirada puesta en Cristo, sin dejar de lado los temas teológicos. Sólo desde la profundización de la propia fe, y con una oración sincera, será posible reencontrarse, precisamente desde esos dogmas (contenidos revelados) que creemos gracias a la acción del Espíritu Santo en los corazones.

Fuente: Catholic.Net.

Audio del libro Iota Unum sobre el Falso Ecumenismo




Capitulo del libro Iota Unum, de Romano Amerio, un estudio sobre las transformaciones de la Iglesia católica en el siglo XX. Dado que el período que analiza con paciencia y rigor, como quien desmonta una maquinaria compleja, que es el inmediato preconciliar, el conciliar y posconciliar (no sin antes orientar al lector mediante un capitulo propedéutico que reseña los conceptos de crisis y transformación aplicándolos a los grandes sucesos desde la Iglesia primitiva hasta la condena del modernismo), en la medida que centra su estudio sobre finales de los cincuenta en adelante, Amerio alude permanentemente y enjuicia los dichos de los pontífices reinantes, además de una pléyade de figuras eclesiásticas. Se interna en sus textos, complejos, e intenta una interpretación de la mente papal, a la luz de sus dichos y sus hechos.

Libro Iota Unum.

Fuente: Ivoox.

jueves, 14 de julio de 2016

La obligación de difundir la fe




El ecumenismo pretende alcanzar la unidad religiosa en todo el mundo. Lo mismo que en el caso de la libertad religiosa, la doctrina católica y el modernismo enfocan el ecumenismo de manera diferente, basándose en la comprensión o percepción que cada persona tiene de la verdad.

El modernismo pretende que el conocimiento religioso emana de la persona. Este conocimiento surge del interior, como un impulso subjetivo de la conciencia o del subconsciente, de modo que todas las religiones son más o menos buenas y encomiables, ya que todas manifiestan y representan, de diferentes maneras, el instinto religioso innato del hombre. Así pues, hay tantas interpretaciones diferentes de Dios como hombres hay. Todas esas diferentes nociones de la verdad y de lo divino merecen respeto, por ser todas ellas expresiones legítimas de la mente humana. A través del diálogo mutuo, las diferentes religiones logran entenderse y respetarse mutuamente, y esto a su vez promueve una paz y una concordia mutua saludables.

La religión revelada directamente por Dios

En cambio, la religión católica enseña que ella misma es la única verdadera religión revelada directamente por Dios. Sólo la fe católica puede proporcionar felicidad duradera y verdadera paz, no sólo entre los hombres en esta vida, sino entre el hombre y Dios por toda la eternidad en el Cielo. Dado que Dios quiere que todo ser humano posea esta verdad y esta felicidad, la Iglesia católica tiene el deber de difundir sus enseñanzas y de manifestar su presencia en todos los rincones del mundo, hasta donde le sea posible. Estas enseñanzas proceden directamente de Dios mismo y por lo tanto están exentas de cualquier falsedad, razón por la cual la Iglesia debe alentar con amor a todas las almas, por su propio bien, a que abandonen el error y abracen la verdad.
La doctrina católica, a través del  verdadero ecumenismo, defiende los derechos de Dios y promueve la conversión, mientras que el modernismo busca el diálogo y el mutuo acuerdo.