domingo, 14 de agosto de 2016

UN ATENTADO A LA UNIDAD DE LA IGLESIA





Porque la unidad de la fe es el "fundamento necesario" de la "armonía de las voluntades" y de las "concordancia de las acciones" (56), en resumen, de toda unidad en la Iglesia, de allí se sigue que cada vez que la jerarquía reclama "unidad de comunión" o de "gobierno" en oposición más o menos grave con la "unidad de la fe", atenta contra la unidad de la Iglesia.

León XIII lo advertía desde 1899, en la Testem benevolentiae:"Ellos (los obispos americanistas) sostienen, en efecto, que para ganar los corazones de los extraviados es oportuno callar ciertos puntos de doctrina, como si fueran de menor importancia, o atenuarlos al punto de no dejarles el sentido al cual la Iglesia se sujetó siempre. No hay necesidad de largos discursos para mostrar cuán condenable es la tendencia de esta concepción... Tampoco hay que pensar que no hay ninguna falta en ese silencio con el cual se quiere cubrir ciertos principios de la doctrina católica para envolverlos en la oscuridad del olvido. Pues todas esas verdades que forman el conjunto de la doctrina cristiana no tienen más que un solo Autor y Doctor...

"Que se cuide, entonces; el no suprimir nada de la doctrina recibida de Dios, no omitir nada por ningún motivo; pues aquel que lo hiciera tendería más bien a separar a los católicos de la Iglesia, que atraer a la Iglesia a los que están separados. Que ellos vuelvan es nuestro mayor deseo, sin duda; que vuelvan todos aquellos que andan errantes lejos del redil de Jesucristo, pero no por otra vía más que la que el mismo Cristo ha mostrado". Todo comentario es superfluo. León XIII advierte aquí claramente que el ecumenismo irénico atenta contra la pureza y la integridad de la Fe y; por eso mismo contra la unidad de comunión en la Iglesia. No es necesario demostrar que es, justamente, ese ecumenismo pregonado desde el Vaticano 11, el que destroza la unidad de la Iglesia, y que continuar sobre el camino "irreversible" de este ecumenismo, equivale a continuar comprometiendo la integridad y la pureza de la Fe, lo que ilustra perfectamente la iniciativa de Asís.

Destaquemos todavía que León XIII dice "tendería a separar a los católicos de la Iglesia", porque de hecho nadie puede separar al católico de la iglesia si él mismo no se separa culpablemente: el motivo de separación temporal con las orientaciones de la jerarquía no equivale a separarse de la Iglesia. Al contrario, el Diccionario de Teología Católica escribe: "Los teólogos medioevales, los de los siglos XIV,XV y XVI, al menos, tienen el cuidado deseñalar que el cisma es una separación ilegítima (en cursiva en el texto) de la unidad de la la Iglesia, pues, dicen, podría haber una separación legítima, como si alguno rechazara obedecer a un Papa que mandara una cosa mala o indebida (Torquemada, Summa de Ecclesia). La consideración puede parecer superflua (no lo es hoy) y se puede pensar que como en el caso de excomunión injusta, habría una separación de la unidad puramente exterior y putativa" (57).

Fuente: Stat Veritas.

sábado, 30 de julio de 2016

Ecumenismo, amor, odio y San Juan Evangelista


Tilman Riemenschneider, La última cena, 
detalle que muestra a S. Juan el Evangelista




En su encíclica Mortalium animos, el Papa Pío XI hace una notable apelación a las enseñanzas de Juan, Apóstol y Evangelista, a distinguir entre la verdadera y la falsa caridad hacia los cristianos no católicos[1]:
«Estos pan-cristianos, que en sus mentes dan vueltas a la unión de las iglesias parece, de hecho, que persiguen la más noble de las ideas en la promoción de la caridad entre todos los cristianos: sin embargo, ¿cómo es posible que esta caridad tienda a dañar la fe? Todo el mundo sabe que el propio Juan, el apóstol del amor, que parece revelar en su Evangelio los secretos del Sagrado Corazón de Jesús, y que nunca dejó de enfatizar en la memoria de sus seguidores el mandamiento nuevo “Amaos unos a otros”, prohibió por completo cualquier relación con los que profesaban una versión mutilada y corrupta de la enseñanza de Cristo: “Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le saludéis”. Por lo que, ya que la caridad se basa en una fe completa y sincera, los discípulos de Cristo deben estar unidos, principalmente, por el vínculo de una misma fe. Entonces, ¿quienes pueden concebir una Federación cristiana, los miembros de las cuales conservan cada uno sus propias opiniones y juicio privado, incluso en asuntos que afecten al objeto de la fe, a pesar de que sean repugnantes a las opiniones de los demás? ¿Y de qué manera, nos preguntamos, pueden los hombres que siguen opiniones contrarias, pertenecer a una misma Federación de los fieles? Por ejemplo, los que afirman, y los que niegan que la Sagrada Tradición es una verdadera fuente de revelación divina; aquellos que sostienen que una jerarquía eclesiástica, formado por obispos, sacerdotes y ministros, ha sido constituida por Dios, y aquellos que afirman que se ha formado poco a poco, de acuerdo con las condiciones de la época; los que adoran a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía a través de esa maravillosa conversión del pan y del vino, que se llama transubstanciación y los que afirman que Cristo está presente sólo por fe o por la significación y la virtud del sacramento; los que en la Eucaristía reconocen tanto la naturaleza de un sacramento y de un sacrificio y los que dicen que no es nada más que el homenaje o conmemoración de la Cena del Señor; aquellos que creen que es bueno y útil invocar con la oración a los santos que reinan con Cristo, especialmente María, la Madre de Dios, y venerar a sus imágenes y los que instan a que una veneración tal no debe ser usada, porque es contraria al honor que se debe a Jesucristo “el único mediador entre Dios y los hombres”. ¿Cómo, tan gran variedad de opiniones, puede facilitar el camino para efectuar la unidad de la Iglesia? No lo sabemos; esta unidad sólo puede surgir de una autoridad en la enseñanza, una ley de la creencia y una fe de los cristianos. Pero sí sabemos que esto, es un paso fácil a la negligencia de la religión o de indiferentismo y al modernismo, como lo llaman».
Nadie entiende mejor la caridad que San Juan, pero él entendió que la virtud teologal de la caridad debe estar fundada en la virtud teologal de la fe y, por lo tanto, cualquier cosa que socava la fe de la necesidad, socava la caridad. Y, por lo tanto, nos manda evitar el contacto con los que socavarían la fe.
En general, se puede ver que el amor, necesariamente, provoca al que ama el odio a todo lo que amenaza con destruir lo que se ama. Por lo tanto, ya que naturalmente amamos la salud, entonces, es natural que odiemos la enfermedad; ya que, naturalmente amamos la vida, es natural que odiemos todo lo que destruye nuestras vidas y así sucesivamente. Y la caridad no es la excepción; el amor sobrenatural de Dios por encima de todas las cosas, necesariamente implica odiar al pecado, que se opone directamente a la caridad, y el error, que se opone a la fe en la que se fundamenta.
Pero los ecumenistas tienen dificultad para ver esto. Incluso, aunque dudaran en utilizar palabras tan fuertes, probablemente estarían de acuerdo con el juicio de Gerd Lüdemann, investigador no-católico del Nuevo Testamento escolar; sobre San Juan, dice en su crítica a Deus caritas est de Benedicto XVI[2]:
«[Las] comunidades joánicas estuvieron lejos de mostrar el amor que [el papa Benedicto XVI] recomienda a la Iglesia contemporánea. Porque no sólo la primera carta de Juan, -de la que la encíclica toma su tema y la exhortación-, restringen la hermandad a los de la fe ortodoxa, sino que la segunda carta de Juan, como era de prever, no se menciona en la encíclica, toma el mismo enfoque y lo empuja aún más. En los versículos 9 al 11 de esta muy breve carta, su autor, que se identifica a sí mismo sólo como “el anciano”, ordena a la comunidad recibir en sus hogares sólo a aquellos hermanos que confiesan la venida de Cristo en la carne. Cualquier hermano actual o anterior que tenga una opinión diferente en relación con la encarnación de Cristo debe ser rechazado. De hecho, “Juan” prohíbe a los miembros de sus comunidades, incluso saludarlos. Considera ésta una medida de precaución necesaria, para que la comunidad de la creencia correcta no se infecte por las malas doctrinas y la consiguiente culpabilidad de sus hermanos disidentes. ¡Qué extraño es encontrarse con tales protestas duras y llenas de odio en una carta rebosante de confianza de amor mutuo y que atestiguan el reconocimiento unánime de la comunidad de la verdad sagrada!»
El razonamiento de Lüdemann es, precisamente, el tipo de cosas que uno espera escuchar de ecumenistas contemporáneos. Y la razón es clara: no están motivados por la virtud sobrenatural de la caridad, fundada en la única fe verdadera, sino, más bien, por una benevolencia vaga, fundada en el modernismo y la indiferencia. Y como cada clase de amor, esta vaga benevolencia causa odio hacia todo lo que pone en peligro el objeto del amor; ellos (como San Juan) no odian la herejía, sino que odian el “fanatismo” y el  “fundamentalismo”. En otras palabras, ellos odian el derecho perenne de la Iglesia Católica para enseñar la verdad.
[Traducido por Rocío Salas. Artículo original.]
Fuente: http://adelantelafe.com/ecumenismo-amor-odio-san-juan-evangelista/

Romano Amerio: doctrina tradicional del ecumenismo


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La doctrina tradicional del ecumenismo está establecida en la Instructio de motione oecumenica promulgada por el Santo Oficio el 20 de diciembre de 1949 (en AAS, 31 de enero de 1950), que retoma la enseñanza de Pío XI en la encíclica Mortalium animos. Se establece por tanto:
Primero: «la Iglesia Católica posee la plenitud de Cristo» y no tiene que perfeccionarla por obra de otras confesiones.
Segundo: no se debe perseguir la unión por medio de una progresiva asimilación de las diversas confesiones de fe ni mediante una acomodación del dogma católico a otro dogma.
Tercero:la única verdadera unidad de las Iglesias puede hacerse solamente con el retorno (per reditum) de los hermanos separados a la verdadera Iglesia de Dios.
Cuarto: los separados que retornan a la Iglesia católica no pierden nada de sustancial de cuanto pertenece a su particular profesión, sino que más bien lo reencuentran idéntico en una dimensión completa y perfecta («completum atque absolutum»).
Por consiguiente, la doctrina remarcada por la Instructio supone: que la Iglesia de Roma es el fundamento y el centro de la unidad cristiana; que la vida histórica de la Iglesia, que es la persona colectiva de Cristo, no se lleva acabo en torno a varios centros, las diversas confesiones cristianas, que tendrían un centro más profundo situado fuera de cada una de ellas; y finalmente, que los separados deben moverse hacia el centro inmóvil que es la Iglesia del servicio de Pedro.La unión ecuménica encuentra su razón y su fin en algo que ya está en la historia, que no es algo futuro, y que los separados deben recuperar.
Todas las cautelas adoptadas en materia ecuménica por la Iglesia romana y máxime su no participación (aún mantenida) en el Consejo Ecuménico de las Iglesias, tienen por motivo esta noción de la unidad de los cristianos y la exclusión del pluralismo paritario de las confesiones separadas. Finalmente, la posición doctrinal es una reafirmación de la trascendencia del Cristianismo, cuyo principio (Cristo) es un principio teándrico cuyo vicario histórico es el ministerio de Pedro.
Romano AmerioIota Unum
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DOCUMENTACIÓN DOCTRINAL
Instructio de motione oecumenica (Ecclesia Catholica)
Aunque la Iglesia católica no tome parte en los congresos y en las demás reuniones «ecuménicas», nunca ha dejado, como se desprende de varios documentos pontificios, y nunca dejará en el futuro, de seguir con el mayor interés y de ayudar por medio de insistentes oraciones todo esfuerzo realizado con vistas a obtener lo que tanto deseaba Cristo Nuestro Señor: que todos los que creen en Él «estén consumados en la unidad».
Acoge con afecto verdaderamente materno a todos los que vuelven a ella como a la única y verdadera Iglesia de Cristo: animamos, pues, y promovemos todos los proyectos y empresas que, con el consentimiento de la autoridad eclesiástica han sido realizados o se están realizando actualmente, ya sea para instruir en la fe a aquellos que están en camino de convertirse, ya sea para darla a conocer de una manera más perfecta a los convertidos. En varios lugares del mundo debido a los acontecimientos exteriores y a los cambios de las disposiciones interiores, debido también y sobre todo a las oraciones comunes de los fieles, bajo la inspiración de la gracia del Espíritu Santo, el deseo de que todos aquellos que creen en Cristo Nuestro Señor vuelvan a la unidad, se ha ido haciendo cada vez más fuerte en el corazón de muchos hombres separados de la Iglesia católica. Para los hijos de la verdadera Iglesia este hecho es una fuente de santa alegría en el Señor y una invitación para ayudar a todos aquellos que sinceramente buscan la verdad, pidiendo por ellos a Dios la luz y la fuerza necesarias, por medio de insistentes oraciones. Algunas tentativas realizadas hasta el día de hoy, ya sea por personas aisladas o por grupos, para reconciliar con la Iglesia católica a los cristianos separados, aunque inspiradas por una excelente intención, no siempre se han fundamentado sobre principios justos, e incluso cuando lo han estado, no siempre se hallan protegidas de determinados peligros, como la experiencia ya ha demostrado. Así, pues, esta Sagrada Congregación, a la que incumbe la responsabilidad de conservar en su integridad y de proteger el depósito de la fe, ha estimado oportuno recordar e imponer las siguientes prescripciones:
I. Puesto que esta «reunión» pertenece ante todo a la función y al deber de la Iglesia, los obispos «que el Espíritu Santo ha establecido para gobernar a la Iglesia de Dios» deben dedicarle su especial atención con una gran solicitud. No sólo deben velar diligente y eficazmente sobre este movimiento, sino que, además, deben promoverlo y dirigirlo con prudencia, para ayudar primeramente a aquellos que buscan la verdad y la verdadera Iglesia, y también para apartar a los fieles de los peligros que fácilmente se derivarán de la actividad de este «movimiento». Razones por las que deben ante todo conocer perfectamente lo que este «movimiento» ha establecido y realiza en sus diócesis. Con este propósito, nombrarán sacerdotes capaces que, fieles a la doctrina y a las directivas de la Santa Sede, contenidas, por ejemplo, en las encíclicas Satis cognitum, Mortalium ánimos y Mystici Corporis Chrísti, seguirán de cerca todo lo que hace referencia al «movimiento» y les mantendrán al corriente de una manera periódica. Ejercerán una especial vigilancia sobre las publicaciones que los católicos editan en esta materia, sea cual fuere su forma, y exigirán que se observen los cánones de praevia censura librorum eorumque prohibitione (can. 1384 y sig.) no dejarán de hacer lo mismo en lo que se refiere a publicaciones no católicas, en lo que concierne a la edición, lectura o la venta realizadas por católicos. Procurarán también a los no católicos deseosos de conocer la fe católica todos los medios útiles a este fin, nombrarán personas y abrirán oficinas a las que los no católicos puedan dirigirse y pedir consejo;velarán con un cuidado especial para que los ya convertidos encuentren fácilmente la posibilidad de instruirse exactamente y de una manera más profunda sobre la fe católica y de ser formados activamente para la práctica de una vida religiosa ferviente por medio de reuniones y de asociaciones adecuadas, de retiros y de otras prácticas de piedad.
II. En cuanto al método a seguir para este trabajo, los mismos obispos establecerán lo que sea preciso hacer y lo que sea preciso evitar, y exigirán que todos se acojan a sus prescripciones. Velarán también para que bajo el falso pretexto de que hay que considerar mucho más lo que nos une que lo que nos separa, no se caiga en un peligroso indiferentismo, sobre todo por parte de aquellos que están menos instruidos en las cuestiones teológicas, y cuya práctica religiosa es menos profunda. Se debe evitar, en efecto, que dentro de un espíritu que hoy día se llama irénico, la doctrina católica, ya sea en sus dogmas o en sus verdades, se vea, por medio de un estudio comparado o por un vano deseo de asimilación progresiva de las diferentes profesiones de fe, englobada o adaptada en algún aspecto a las doctrinas disidentes, de modo que la pureza de la doctrina católica se halle afectada o bien que su sentido cierto y verdadero se encuentre oscurecido. Desterrarán también la peligrosa ambigüedad en la expresión que daría lugar a opiniones erróneas y a esperanzas falaces que nunca podrán realizarse, diciendo, por ejemplo, que la enseñanza de los Soberanos Pontífices, en las encíclicas sobre la vuelta de los disidentes a la Iglesia y sobre el Cuerpo místico de Cristo, no debe ser tomada en gran consideración, puesto que no todo es dogma de fe, o bien, y lo que es aún peor, que en las materias dogmáticas, la iglesia católica no posee la plenitud de Cristo, y que puede hallar una mayor perfección en las demás Iglesias.
Impedirán cuidadosamente y con real insistencia que al exponer la historia de la Reforma y de los reformadores, se exageren desmesuradamente los defectos católicos y apenas se hagan notar las faltas de los reformados, o bien que se dé importancia a elementos accidentales de tal modo que lo que es esencial, la defección de la fe católica no se perciba con claridad. Velarán, finalmente, para que a causa de un celo exagerado y falso o por imprudencia y exceso de ardor en la acción, no se perjudique en vez de favorecer el objetivo fijado. La doctrina católica debe ser expuesta y propuesta total e íntegramente, no hay que silenciar o usar términos ambiguos al referirse a lo que la verdad católica enseña sobre la verdadera naturaleza y las etapas de la justificación, sobre la constitución de la Iglesia, sobre la primacía de jurisdicción del Romano Pontífice, sobre la única unión verdadera mediante la vuelta de los cristianos separados a la única y verdadera Iglesia de Cristo. Sin duda, se les podrá decir que volviendo a la Iglesia no perderán ese bien que, por la gracia de Dios, se realizó en ellos hasta el momento presente, pero que con su vuelta, este bien se hallará completado y llevado a su perfección. Sin embargo, se evitará hablar sobre este aspecto de tal manera que se imaginen que al volver a la iglesia le aportan un elemento esencial que le faltaba. Hay que decir estas cosas con claridad y sin ambages, ante todo porque buscan la verdad, y también porque fuera de la verdad nunca podrá haber una unión verdadera.
III. Por lo que respecta a las reuniones y conferencias mixtas entre católicos y no católicos, que en estos últimos tiempos han sido organizados en muchos lugares para promover la «reunión» en la fe, la vigilancia y las directivas de los Ordinarios son especialmente necesarias. Puesto que si bien ofrecen la deseada ocasión de propagar entre los no católicos el conocimiento de la doctrina católica, demasiado a menudo desconocida por ellos, llevan consigo, para los católicos, el grave peligro de la indiferencia. Allí donde aparece la esperanza de un buen resultado, el Ordinario dispondrá todo para que estando bien dirigido, designando a sacerdotes especialmente preparados para esta clase de reuniones, sepan exponer y defender de manera conveniente la doctrina católica. Los fieles no deberán frecuentar estas reuniones sin la especial autorización de la jerarquía eclesiástica, que solamente la acordará a aquellos que son conocidos como instruidos y firmes en la fe. Pero si no aparece la esperanza de buenos resultados o bien si se presentan determinados peligros, con prudencia se alejará a los fieles de estas reuniones, las cuales serán disueltas o bien llevadas a desaparecer progresivamente. La experiencia nos enseña que las grandes reuniones de este tipo dan pocos resultados y son generalmente peligrosas, por ello sólo serán autorizadas después de un serio examen. A los coloquios entre teólogos y no católicos sólo se enviarán a aquellos sacerdotes que por su ciencia teológica y por su firme adhesión a las normas y principios establecidos en esta materia por la Iglesia, se habrán mostrado verdaderamente aptos para este ministerio.
IV. Todas las conferencias o reuniones, públicas o no, de gran o limitado acceso, organizadas de común acuerdo para que cada una de las dos partes, católica y no católica, trate sobre cuestiones de fe y de moral y exponga como propia la doctrina de su confesión, estarán sometidas a las prescripciones de la Iglesia, recordadas en la Advertencia Cum compertum, dada por la Sagrada Congregación el 5 de junio de 1948. Las reuniones mixtas no están, pues, prohibidas, pero sólo pueden tener lugar bajo la autorización previa de la jerarquía eclesiástica competente. Las instrucciones catequísticas, incluso cuando son dadas en grupo, ni las conferencias en las que la doctrina católica es expuesta a los no católicos que desean convertirse, aunque éstos expongan la doctrina de su Iglesia para ver con claridad cuáles son los aspectos en los que su doctrina está de acuerdo con la doctrina católica, y cuáles son en los que difieren, no están sometidas al Monitum. El Monitum tampoco concierne a las reuniones mixtas entre católicos y no católicos, en las que no se tratan cuestiones de fe ni de moral, pero en las que se intenta unir los esfuerzos para defender los principios del derecho natural o de la religión cristiana frente a los enemigos de Dios, hoy unidos entre sí, ni las reuniones en las que se trate del restablecimiento social y de otros temas parecidos. No es necesario precisar que, incluso en estas reuniones, los católicos no deben aprobar ni conceder aquello que no estaría de acuerdo con la Revelación divina y la doctrina de la Iglesia, aunque se trate de temas sociales. Por lo que se refiere a las reuniones o conferencias locales, que según lo que acaba de decirse se ven afectadas por el Monitum, los Ordinarios reciben, durante tres años desde la promulgación de esta instrucción, el poder de conceder el permiso de la Santa Sede, previamente solicitado, bajo las siguientes condiciones:
1a evitar totalmente cualquier participación mutua en los oficios litúrgicos;
2a que las conversaciones sean debidamente vigiladas y dirigidas;
3a que al final de cada año se haga saber a la Sagrada Congregación en qué lugares se han llevado a cabo dichas reuniones y cuáles han sido las experiencias obtenidas.
A propósito de los coloquios entre teólogos de los que hemos hablado anteriormente, se concede la misma facultad y por el mismo tiempo al Ordinario del territorio en el que estos coloquios tengan lugar, o bien al Ordinario común, delegado por los demás Ordinarios, para dirigir esta obra, según las condiciones más arriba indicadas, a condición de que cada año se mande a la Sagrada Congregación una relación de los temas tratados, las personas que han tomado parte en dichos coloquios y el nombre de aquellos que han presentado ponencias. En cuanto a las conferencias y reuniones interdiocesanas o nacionales o internacionales es preciso el permiso previo, especial para cada caso, de la Santa Sede; en la demanda hay que añadir los temas y las materias que se tratarán y el nombre de los ponentes. Antes de la obtención de este permiso no hay que iniciar los preparativos externos ni colaborar en los preparativos hechos por los no católicos.
V. Aunque en estas reuniones y conferencias se deba evitar la participación en cualquier oficio litúrgico, no está prohibida la recitación en común de la Oración dominical o de una oración aprobada por la Iglesia católica, pronunciada en el momento de apertura o de clausura de dichas reuniones.
VI. Si bien cada Ordinario tiene el derecho y el deber de vigilar, de ayudar y de dirigir esta obra dentro de su diócesis, una colaboración entre varios obispos será no sólo oportuna sino también necesaria para establecer los organismos y las instituciones encargadas de supervisar el conjunto de esta actividad, de examinarla y dirigirla. Los Ordinarios, pues, deberán ponerse de acuerdo entre sí para establecer los medios apropiados con el fin de obtener una uniformidad de acción y un entendimiento ordenado.
VII. Los superiores religiosos tienen la obligación de velar para que sus subordinados se adapten fiel y estrictamente a las normas de la Santa Sede o a los Ordinarios, en esta materia. Para que esta magnífica obra de la «reunión» de todos los cristianos en la única fe verdadera y en la única Iglesia verdadera se convierta cada vez más en el objetivo preferido de la misión pastoral, y para que todo el pueblo católico implore a Dios con mayor insistencia por la «vuelta a la unión», será útil que se den a conocer a los fieles, de una manera oportuna -por medio de cartas pastorales, por ejemplo-, estos problemas y los esfuerzos y prescripciones de la Iglesia a este respecto, junto con las razones que los inspiran. Todos, pero sobre todo los sacerdotes y los religiosos, deben estar inflamados de celo, para que con sus oraciones y sus sacrificios colaboren en hacer fructificar y progresar esta obra; es preciso recordar a todos que nada convencerá tanto a los que todavía están en el error como la fe de los católicos demostrada a través de la pureza des us costumbres.
Dado en Roma, en el Palacio del Santo Oficio, el 20 de diciembre de 1949
Francisco, Cardenal Marchetti-Selvaggiani, secretario
Alfredo Ottaviani, asesor.
L’0sservatore Romano el 1 de marzo de 1950 y en Acta Apostólica Sedis (A.A.S.) el 31 de enero de 1950.
Fuente: http://adelantelafe.com/doctrina-tradicional-sobre-el-ecumenismo/

C.S. Lewis sobre el ecumenismo



C.S. Lewis, gran apologista del siglo XX, elaboró una sugestiva reflexión sobre el tema cuando se le preguntó sobre la unidad de los cristianos, allá por el año 1944.

La búsqueda de la unidad entre los cristianos tiene su origen en el deseo del mismo Cristo: que todos sean uno (cf. Jn 17,22). Pero no resulta fácil alcanzar esta meta, sobre todo cuando años y siglos han separado a unos y otros.

C.S. Lewis, gran apologista del siglo XX, elaboró una sugestiva reflexión sobre el tema cuando se le preguntó sobre la unidad de los cristianos, allá por el año 1944.

Quien formuló la pregunta partió de un hecho: la gente no entiende las divisiones teológicas entre los cristianos. Luego añadió, dirigiéndose a Lewis: “¿Considera que estas diferencias son esenciales? ¿No ha llegado el momento de la reunión?”

La respuesta de Lewis partió de un punto firme: “Para la reunión el momento ha llegado siempre. Las divisiones entre los cristianos son un pecado y un escándalo, y los cristianos de todas las épocas deben contribuir a la reunión, al menos con sus oraciones”.



Luego recordó que él era un “cristiano reciente”, convertido hacía pocos años, y que siempre se había aferrado “a las posiciones dogmáticas tradicionales”.

Al adoptar esa postura (sin llegar nunca a ser católico), Lewis descubrió con sorpresa cómo recibía señales de aprobación por parte de cristianos muy diferentes: jesuitas, religiosas, cuáqueros...

Tras esa constatación, añadió algo de gran importancia: “Me parece que los elementos «extremos» de cada Iglesia están más cerca el uno del otro, y que los liberales y «tolerantes» de cada comunidad no se podrán unir de ningún modo”.

¿Qué pretendía afirmar con eso? Las palabras siguientes lo aclaran mejor: “El mundo del cristianismo dogmático es un lugar en que miles de personas de muy diversos tipos siguen diciendo lo mismo; y el mundo de la «tolerancia» y la religión «aguada» es un mundo en el que un pequeño número de personas (todas de la misma clase) dicen cosas totalmente distintas, y cambian de opinión cada pocos minutos. Nunca vendrá de ellos la reunión”.

Hasta aquí la respuesta de C.S. Lewis. ¿Es actual? Puede ser que sí, precisamente ante quienes buscan pseudocaminos de unidad al margen de la teología (de lo que cada grupo cree profundamente). La “tolerancia”, incluso desde buenas intenciones, no logra más que confusión. O produce una religión “aguada”, como diría Lewis, o un cristianismo descafeinado, repetidas veces condenado por el Papa Francisco.

Entonces, ¿cómo avanzar hacia la verdadera unidad, cómo lograr un ecumenismo sano? Desde el amor a la verdad, con la mirada puesta en Cristo, sin dejar de lado los temas teológicos. Sólo desde la profundización de la propia fe, y con una oración sincera, será posible reencontrarse, precisamente desde esos dogmas (contenidos revelados) que creemos gracias a la acción del Espíritu Santo en los corazones.

Fuente: Catholic.Net.

Audio del libro Iota Unum sobre el Falso Ecumenismo




Capitulo del libro Iota Unum, de Romano Amerio, un estudio sobre las transformaciones de la Iglesia católica en el siglo XX. Dado que el período que analiza con paciencia y rigor, como quien desmonta una maquinaria compleja, que es el inmediato preconciliar, el conciliar y posconciliar (no sin antes orientar al lector mediante un capitulo propedéutico que reseña los conceptos de crisis y transformación aplicándolos a los grandes sucesos desde la Iglesia primitiva hasta la condena del modernismo), en la medida que centra su estudio sobre finales de los cincuenta en adelante, Amerio alude permanentemente y enjuicia los dichos de los pontífices reinantes, además de una pléyade de figuras eclesiásticas. Se interna en sus textos, complejos, e intenta una interpretación de la mente papal, a la luz de sus dichos y sus hechos.

Libro Iota Unum.

Fuente: Ivoox.

jueves, 14 de julio de 2016

La obligación de difundir la fe




El ecumenismo pretende alcanzar la unidad religiosa en todo el mundo. Lo mismo que en el caso de la libertad religiosa, la doctrina católica y el modernismo enfocan el ecumenismo de manera diferente, basándose en la comprensión o percepción que cada persona tiene de la verdad.

El modernismo pretende que el conocimiento religioso emana de la persona. Este conocimiento surge del interior, como un impulso subjetivo de la conciencia o del subconsciente, de modo que todas las religiones son más o menos buenas y encomiables, ya que todas manifiestan y representan, de diferentes maneras, el instinto religioso innato del hombre. Así pues, hay tantas interpretaciones diferentes de Dios como hombres hay. Todas esas diferentes nociones de la verdad y de lo divino merecen respeto, por ser todas ellas expresiones legítimas de la mente humana. A través del diálogo mutuo, las diferentes religiones logran entenderse y respetarse mutuamente, y esto a su vez promueve una paz y una concordia mutua saludables.

La religión revelada directamente por Dios

En cambio, la religión católica enseña que ella misma es la única verdadera religión revelada directamente por Dios. Sólo la fe católica puede proporcionar felicidad duradera y verdadera paz, no sólo entre los hombres en esta vida, sino entre el hombre y Dios por toda la eternidad en el Cielo. Dado que Dios quiere que todo ser humano posea esta verdad y esta felicidad, la Iglesia católica tiene el deber de difundir sus enseñanzas y de manifestar su presencia en todos los rincones del mundo, hasta donde le sea posible. Estas enseñanzas proceden directamente de Dios mismo y por lo tanto están exentas de cualquier falsedad, razón por la cual la Iglesia debe alentar con amor a todas las almas, por su propio bien, a que abandonen el error y abracen la verdad.
La doctrina católica, a través del  verdadero ecumenismo, defiende los derechos de Dios y promueve la conversión, mientras que el modernismo busca el diálogo y el mutuo acuerdo.

martes, 12 de julio de 2016

Enchiridion Symbolorum suprimida

Con relación a la obra Enchiridion Symbolorum de Enrique Denzinger, conviene conocer que a su edición de 1965 (y seguramente a las subsiguientes, si las hubo) se le suprimió, arbitrariamente, la encíclica Quanta Cura del papa Pio IX, que habla de la doctrina católica sobre la libertad religiosa, por no convenir a los intereses de la Internacional modernista.

Aquí están las pruebas:



Visto en Catolicidad.

jueves, 7 de julio de 2016

Mons. Fellay: La Iglesia católica es la única verdadera


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Mons. Bernard Fellay ha acordado una entrevista para el diario austriacoSalzburger Nachrichten (Noticias de Salzburgo) del 21 de junio de 2016. Aquí un extenso extracto en donde el Superior general de la Fraternidad San Pío X expone los puntos doctrinales que son objeto de discusiones teológicas con Roma.
(…)
Benedicto XVI era un teólogo, y Francisco piensa más de manera pastoral. ¿Es esto  un avance en lo que concierne a la Fraternidad San Pío X?
– Benedicto XVI ponía mucha atención a la doctrina. Francisco mira más a las personas. Él ve tal vez incluso, aquí y allá, la doctrina como un obstáculo. Para nosotros, lo importante es que las cosas se desarrollen según aquello que es justo y verdadero. Nosotros aún somos considerados como católicos. Si finalmente esto es reconocido, está bien.
El punto crucial es el concilio Vaticano II; la libertad religiosa, el ecumenismo, la colegialidad de los obispos. ¿Es que hay clarificaciones sobre estos asuntos? ¿En dónde es que no son necesarias?
– Creo que la posición actual de la Santa Sede, y en particular de la Congregación para la Doctrina de la Fe, deriva de las intensas discusiones intensas acaecidas tras 2009. Se han aclarado muchas cosas.
Efectivamente tenemos objeciones sobre los tres puntos que usted menciona. Pero hoy muchos católicos van mucho más allá de los textos del concilio, refiriéndose siempre al espíritu del concilio. Roma reconoce que nuestra posición sobre numerosos puntos es justa.
¿Qué se entiende por libertad religiosa?
– Cualquiera que afirme hoy que el Estado no tendría nada que ver con Dios y que no tendría ninguna obligación hacia Dios, está en oposición con la enseñanza de la Iglesia. La noción de la libertad religiosa significa, si se la quiere comprender correctamente, que nadie puede imponer una religión en contra de la conciencia de los demás. Nadie puede obligar a alguien a recibir el bautismo. Nadie puede obligar a los demás a hacer lo que sea contra su conciencia.
El concilio dice que cada individuo es libre de elegir, según su conciencia, una determinada religión.
– El concilio Vaticano II dice expresamente que los hombres deben buscar la verdad y adherirse a ella. Pero niega este principio para el Estado; aquel que debería acordar la libertad de todas las religiones, y que no podría, ni impedir ni limitar ninguna, ni siquiera las falsas. Y aquello en razón de un derecho natural. Al contrario, el Magisterio tradicional de la Iglesia enseña que el Estado puede tolerar falsas religiones, pero estas últimas no pueden hacerse valer de un derecho natural.
Y en lo que concierne a la Iglesia, ésta tiene la obligación, siempre y en todo lugar, de anunciar la Verdad a los hombres y de conducirlos a la Verdad. La Iglesia católica es la única verdadera religión, la única que puede salvar a los hombres. Es por esto que la Iglesia es misionera.
¿Si alguno se vuelve hacia otra religión, está en el error?
– Absolutamente
¿Qué entendemos por ecumenismo los cristianos?
– Si por ecumenismo comprendemos que todos los cristianos deben encontrar el camino de la Iglesia, entonces nosotros también estamos por el ecumenismo. Nosotros rezamos por la unidad de los cristianos. Pero creer que cada quien puede salvarse como mejor le parezca, ahí decimos no, esa no es la enseñanza de la Iglesia. Y en este sentido, estamos contra el ecumenismo.
¿Cuál es el problema con la colegialidad episcopal?
– El papa Pablo VI agregó a propósito al texto del concilio una nota explicativa complementaria: ningún obispo puede reivindicar el derecho a participar en la dirección de la Iglesia, si no está con el Papa y bajo el Papa. Solamente el Papa decide si alguien tiene algo que decir sobre la Iglesia, con él y quién. Él es el monarca. El afirmar que los obispos tendrían alguna legitimidad democrática cualquiera, es absolutamente falso. Esto contradice la enseñanza de la Iglesia. Sin embargo hoy, este punto es completamente ignorado por la mayor parte de los dignatarios eclesiásticos. (…)
(Fuente : SalzburgerNachrichten – Traducción del alemán  DICI n°338 du 01/07/16)
[Traducido por M.M. Artículo original]

sábado, 2 de julio de 2016

Dietrich von Hildebrand y la unidad entre creyentes de distintos credos




"Toda unidad entre creyentes, si se obtiene a expensas de la verdad, no es sólo una pseudo-unidad; en su esencia más profunda es una traición a Dios. Se coloca la fraternidad social, el vivir bien juntos y el no molestar a nadie por encima de la fidelidad a Dios. Esa es precisamente la actitud contraria a la de todos los grandes adversarios del arrianismo: de un San Atanasio, de un San Hilario de Poitiers".
Dietrich von Hildebrand.

domingo, 26 de junio de 2016

El Catolicismo es la verdad absoluta - P. Garrigou-Lagrange





Título: El Catolicismo es la verdad absoluta (P. Garrigou-Lagrange)
Autor: Fray Cándido de «Sí, sí, No, no»
Extraído de la edición española de «Sí, sí; No, no», año XXI, n. 224, marzo de 2011, pp. 1-3.

Mientras que los modernistas, incluso después de la condena de la encíclica Pascendi (1907) del gran Papa san Pío X, seguían intrigando en secreto para subvertir el credo católico, la ley de Dios, la liturgia y la disciplina eclesiástica, la Iglesia Católica, en cambio, tuvo todavía grandes teólogos en el siglo XX, que ilustraron y defendieron su santa tradición. Uno de éstos vio la luz el 21 de febrero de 1877, en Auch en Gascogne (Francia). Vástago de una ilustre familia, los suyos lo llamaron Gontran. Se reveló en seguida como inteligentísimo, con una sed de conocimiento que le salía por los ojos y le empujaba, siendo aún niño, a lecturas arduas, incluso de las obras nada fáciles de san Juan de la Cruz.

Una vez completados los estudios superiores se inscribió en la universidad para estudiar medicina. Se acercaba, con todo, “la hora de Dios”.



Iluminación

«Cuando en 1897, a la edad de veinte años –escribió-, cursaba yo estudios de medicina en Burdeos, leí un libro de Ernest Hello, L’uomo e il suo bisogno di Dio [“El hombre y su necesidad de Dios”]. Durante aquella lectura vi o entreví, en un instante, que la doctrina de la Iglesia católica es la verdad absoluta sobre Dios, su vida íntima, el hombre, su origen, su destino sobrenatural. Vi, en un abrir y cerrar de ojos, que no era sólo una verdad relativa al estado actual de nuestros conocimientos, sino la verdad absoluta que no pasará y que se manifestará cada vez más elevada en su esplendor hasta que veamos a Dios directamente, facie ad fsciam [cara a cara]. Un rayo de luz me aclaró la afirmación de nuestro Salvador: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt XXIV, 35)».

Gontran vivió así el acontecimiento central de su vida: si Jesucristo era la verdad absoluta, no una opinión, ni un maestro como hay tantos, sólo restaba seguirlo con una entrega total, o mejor dicho, consumirse por él. Imbuido de esta certeza, el joven dejó estudios y prometida y entró como novicio en la orden dominicana, en el convento de Amiens, donde, vestido con el hábito blanco, tomó el nombre de Fray Reginaldo, igual que el más instruido de los primeros discípulos de Sto. Domingo de Guzmán.

Fray Réginald Garrigou-Lagrange realizó, en Flavigny y en Gante, estudios serios y solidísimos sobre la Summa de Sto. Tomás y sus comentarios bajo la guía de padres doctos y austeros. El 30 de abril de 1900 hizo su profesión solemne. El 28 de septiembre de 1902 se ordenó de sacerdote a los veinticinco años de edad.

Lo enviaron en 1904 a la Sorbona de París a que se licenciara en filosofía y letras. Allí, aunque conoció a hombres famosos como Bergson y Maritain, le fastidiaba el tener que consagrar demasiado tiempo a investigar sobre temas literarios profanos: no ambicionaba ser un esteta; tan sólo deseaba ser un sacerdote y maestro de la verdad. Por eso enseñará historia de la filosofía ya en 1905, e impartirá clases de teología dogmática en 1906, en Le Saulchoir, en Bélgica. Pero se trataba nada más que de la preparación para la luminosa misión que le esperaba.



En la cátedra

El 8 de septiembre de 1907, el papa san Pío X condenó el modernismo, “cloaca de todas las herejías”, con la encíclica Pascendi (y, algunas semanas antes, en el decreto Lamentabili). El padre Jacinto Cormier, maestro general de los dominicos (hoy beato), acababa de fundar en Roma el colegio internacional Angelicum para la enseñanza y defensa de la verdad del catolicismo.

En 1909 el padre Réginald Garrigou-Lagrange fue llamado a Roma para que ejerciera la docencia. Teólogo profundo y seguro pese a sus verdes treinta años, fue, por más de medio siglo, un profesor cada vez más prestigioso, que enseñaba metafísica, teología fundamental y varios tratados de teología dogmática. Fundó en 1917 la cátedra de ascética y mística, en la que él mismo enseñaría hasta 1959, a causa de la fascinación que sentía por un hermano suyo de hábito, el padre Juan Arintero (1860-1928), místico e investigador de la teología mística de Sto. Tomás de Aquino.

Estudiaba a fondo, rezaba y contemplaba a Dios, y de la sobreabundancia de su contemplación nacía, como óptimo dominico que era y seguidor de las huellas del santo fundador de su orden y del maestro Tomás de Aquino, lo que el padre Garrigou-Lagrange enseñaba, predicaba y escribía; realizaba de ese modo en sí mismo el lema de la orden a la que pertenecía: contemplare et comtemplata aliis tradere (“contemplar y transmitir a otros lo contemplado”). Por eso trabajaba con pasión y método, sin perder ni un instante de tiempo siquiera: todo por la verdad, todo por Jesús-verdad.

En el centro de su existencia figuraba cada día el santo sacrificio de la misa y el rezo del breviario, “anhelo ardiente y preocupación cotidiana de su corazón Sacerdotal”: vivía de Jesús y en Jesús, en una unión intensísima que lo hacía feliz, afable, laborioso y fuerte como una roca.

Era fiel al rezo coral en compañía de sus hermanos de hábito, aunque se hallaba dispensado del mismo por su labor de profesor. Cada mañana, sentado en su puesto en el coro, cumplía su hora de meditación contemplando a Dios con la mirada vuelta hacia el sagrario, donde se hallaba su único amor.

Metafísico y teólogo doctísimo, amaba a los pobres y a los pequeños con predilección singular; para ayudarles extendía la mano, como un mendigo ante reyes, presidentes y pontífices, con la sencillez de un niño. Era un director espiritual muy solicitado y amaba sobremanera a la Virgen, a la cual se había consagrado al estilo de la “perfecta esclavitud de amor” de San Luis María Grignon de Montfort; la honraba cada día con las tres partes del rosario, que era para él “escuela de contemplación” y “plegaria de adoración, alabanza, reparación e impetración: los mismos fines de la santa misa”.

Investigaba y proponía a los demás, escribiendo al respecto con altísima competencia, el ejemplo de niños muertos en olor de santidad, a los que consideraba «obras maestras de Jesús y la inocencia en persona, que interceden por nosotros ante Dios, a menudo hasta con la fuerza del martirio». Brillante por su doctrina y magisterio, era humilde en su vida y trato.

Mas ¿para quién y para qué vivía el padre Garrigou-Lagrange? Para servir a la verdad, por la cual lo sacrificaba todo. Su vida era un servicio continuo a la verdad divina, que es Jesucristo, como lo había comprendido en la radiante “intuición” de sus veinte años. A eso se enderezaban sus veintitrés grandes obras y los seiscientos competentísimos artículos, que publicó entre 1904 y 1960.

Llegado a la madurez en el momento en que el modernismo, al separar el catolicismo de la revelación divina para disolverlo en la cambiante y voluble experiencia individual, destruía con el relativismo escéptico toda certeza relativa a la razón y la fe, el padre Garrigou-Lagrange reivindicó con todas sus fuerzas, para la razón, la capacidad de conocer a Dios en cuanto creador, y para la fe, la de alcanzar a Dios en sí mismo por medio de la revelación. Así trazó para los hombres de hoy el itinerario espiritual e intelectual que podía conducirlos a Dios y a la salvación de sus almas: es la misión que Jesucristo confía a todo sacerdote suyo, y que él vivió como teólogo y como docente.

Pero hoy, ¿quién se acuerda de ello?, ¿quién se afana por hallar un confesor y, una vez encontrado, lo sigue en lugar de mofarse de él?, ¿quién se sigue planteando el problema de la salvación de las almas?


Del ser a Dios

Su primera entrada en acción –véase la obra Il senso comune e la filosofía dell’essere (1909)- consistió en refutar el agnosticismo, al decir del cual no se puede conocer nada verdadero ni cierto, demostrando su carencia de fundamento; así corroboraba el valor objetivo y trascendente de los principios primeros de la razón, con los cuales el hombre conoce la verdad primera mediante lo real. Era la primera gran lección de Sto. Tomás, o mejor dicho, de la “filosofía del ser”: sin la certeza de que alcanzamos la realidad con nuestra razón, aunque sea de manera limitada, no podríamos nunca decir nada seguro sobre Dios, ni siquiera sobre el Dios que Jesucristo nos reveló. Los principios primeros con los que se estructura el conocimiento humano son las leyes, no sólo del pensamiento, sino, además, de la realidad ontológica de las cosas: es la condición inexcusable, incluso para la Iglesia, de todo verdadero razonamiento relativo a Dios.

La segunda entrada en acción de Garrigou-Lagrange estribó en resolver el problema del conocimiento natural de la existencia de Dios y de su naturaleza. En 1910, en el denso artículo sobre “Dios” que escribió para el Dictionnaire Apologétique, demolía de manera irrefutable la tesis kantiana según la cual era imposible conocer a Dios, y demostraba que sin Dios no podía fundamentarse ley moral alguna, por lo que el hombre caería presa de sí propio, de su egoísmo, de su prepotencia y de su desesperación. Dicha demostración la repitió y desarrolló en 1914, en la obra gigantesca Dios, su existencia y su naturaleza.

He aquí cómo Garrigou-Lagrange nos ayudaba a dar el tercer paso. Para los modernistas de su tiempo (y para los más peligrosos y más pérfidos de hoy), las “verdades reveladas” eran sólo la expresión humana de una experiencia de Dios vivida por la conciencia subjetiva, para la cual no existe ninguna verdad absoluta y eterna, ni dogma ni ley moral objetiva (“hago lo que me gusta y lo que me da la gana”). Esto no será ya el catolicismo, sino otra religión –la de los modernistas-, o mejor dicho, era la disolución de todo, como lo reconocería en 1950, con lágrimas en los ojos, el venerable santo padre Pío XII: “Así no queda ya nada de la verdad”.

En 1918, el padre Garrigou-Lagrange ratificó, con la obra De revelatione per Ecclesiam propósito, la existencia de una revelación objetiva por parte de Dios en el Antiguo Testamento y en el Nuevo, cuyo vértice es Jesucristo, y también que dicha revelación propone no sólo verdades accesibles de suyo a la razón humana, sino, sobre todo, verdades de origen sobrenatural, no accesibles directamente a la razón, las cuales hemos de creer en fuerza de la autoridad de Dios revelador. Creer no es algo facultativo, ni tampoco se cree “por un salto en la oscuridad” por parte de la inteligencia, sino que se cree porque a Dios, creador y Señor que se revela, el hombre le debe obediencia de la fe, y porque Dios mismo le suministra a la razón pruebas para creer. De ahí que el creer sea obligatorio y racional.

La formulación dogmática de la Iglesia, explicaba Garrigou-Lagrange, presenta las mismas verdades reveladas por Dios, y no se halla sujeta a los cambios del progreso científico y filosófico porque expresa la verdad divina inmutable y eterna. Todo hombre, de cualquier lugar y tiempo que se considere, podrá aprehenderla con la gracia de Dios, que nunca falta a quien la busca, porque la inteligencia, que está esencialmente constituida para aprehender el ser, para conocer la verdad, no deja nunca de ser la misma. El dogma es estable porque está anclado en la verdad de Dios e interpela a la inteligencia humana directamente, más allá de las mudanzas de la ciencia y de la filosofía.

Por eso la teología no es presentación sistemática de la experiencia religiosa subjetiva, como decían los modernistas, entre otras razones porque, si fuera así, el “creyente” no amaría al Dios real y verdadero, sino que en el fondo se amaría sólo a sí mismo. Para vivir la caridad para con Dios y con el prójimo, caridad constitutiva de la misma vida cristiana, es menester que se arraigue en la verdad revelada por Dios y profesada por la fe. La sobrenaturalidad de la fe es necesaria e indispensable para la vida cristiana auténtica: no hay verdadera caridad sin fe.


«La gracia, semilla de la gloria»

Una vez llegado a este punto, se le da al creyente, en virtud del don de sabiduría del Espíritu Santo y a la luz de su inspiración, el gustar y el experimentar las realidades divinas en el centro del alma. Este Dios, objeto de experiencia íntima, no es el Dios incognoscible o desconocido de los modernistas, sino que es el Dios de la fe, cuya sublime verdad guía esta experiencia. A través de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros por medio de la gracia, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven y manifiestan su presencia en nuestro propio centro: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada.» (Jn. XIV, 23).

Así se pasa de la sabiduría metafísica (capacidad de la inteligencia de conocer el ser y llegar a Dios) a la sabiduría teológica (que se funda en la fe divina y tiene por objeto la comprensión de las verdades reveladas por Dios y la profundización en las mismas) y, por último, a la sabiduría mística infusa, don del Espíritu Santo, por la cual los santos conocen a Dios de modo inefable en esta vida.

De todo este itinerario único –verdadero itinerarium mentis in Deum-, conducente al perfecto conocimiento de Dios, fue un maestro el padre Garrigou-Lagrange con las obras citadas más arriba y, finalmente, con la obra maestra Las tres edades de la vida interior, preludio de la del cielo. Tratado de teología ascética y mística (París, 1938), que escribió en la fidelidad plena a la verdad absoluta y eterna cual la enseña la Iglesia católica y a la zaga de las huellas de Sto. Tomás de Aquino, pues estaba convencido, con razón, de que seguir la doctrina de éste era la única manera de resolver los problemas suscitados por la cultura contemporánea.


La Iglesia reconoció y honró la rectitud y competencia del padre Garrigou-Lagrange: los pontífices Benedicto XV, Pío XI y Pío XII recurrieron a menudo a sus luces para pronunciarse sobre graves problemas doctrinales. Desempeñó un papel fundamental en la redacción de la encíclica Humani generis (12 de agosto de 1950) del venerable Pío XII, altísimo faro de luz en pleno centro del siglo XX, en la que el Papa condenaba los gravísimos errores de la “teología nueva” (que disolvía el catolicismo, como ya vimos) y refrendaba la verdad del credo católico. ¿Quién mejor que el padre Garrigou-Lagrange (y que otros teólogos de su mismo cuño) para colaborar con el Papa en aras de ese servicio indispensable den defensa de la verdad?

Filósofo, teólogo, místico, verdadero hombre de Dios, guía de millares de almas, se retiró al término de su actividad académica en 1960, al convento de Santa Sabina, que el propio Sto. Domingo había fundado en Roma, en el Aventino. Vino el dolor a visitarlo, mas el padre Réginald era un sol en el fulgor del ocaso. Configurado con Jesucristo crucificado, “el libro que contiene toda la verdad”, vivía ya en la luz, que se dilató “sin límites”, en derredor suyo, el 15 de febrero de 1964, en el encuentro definitivo con el Hacedor.

Respondió fielmente a la vocación singular que Dios le había hecho sentir cuando, a los veinte años de edad, era un estudiante enamorado de la verdad, el bien y la belleza. Como lo consignó en la misma página que empezamos a citar al comienzo:

«Comprendí entonces que esa verdad absoluta debía fructificar como el grano de trigo… Si bien la germinación natural es ya algo espléndido, ¿qué pensar de la germinación de la vida eterna cuando la gracia bautismal, que es su germen, produce el treinta, el sesenta y aun el ciento por uno en el alma de un Santo Domingo, de un San Vicente de Paúl, de un santo cura de Ars? Gratia est semen gloriae! La vida de la gracia en nuestra alma es la vida eterna incoada. Se echa de ver cada vez mejor la importancia de una vocación sacerdotal, sobre todo cuando se responde de veras a ella. La Iglesia, en efecto, cultiva la gracia en las almas a fin de prepararlas para la vida eterna. Por eso la Iglesia, la verdadera Iglesia de Cristo, necesita sacerdotes, teólogos, directores espirituales que sean almas de profunda oración. Así fue como yo vislumbré, a la edad de veinte años, la importancia de la vocación sacerdotal».

A tamaño hombre de Dios nadie debe reprocharle (como algunos, auténticos necios, hacen hoy) que no se adelantara a los tiempos y no dijera cosas nuevas, porque la verdadera sabiduría no estriba en hallar “novedades” que confundan y destruyan juntamente la verdad y las almas –como demasiada gente hace hoy-, sino en conocer y adherirse cada vez más intensamente a la verdad una y eterna como a Dios mismo, y en anunciarla en su esplendor. Por esto, mientras los novadores pasan como el humo que se disipa, quien busque la verdad puede aún enriquecerse de luz leyendo a Garrigou-Lagrange, uno de los mayores maestros de nuestro tiempo en la escuela eterna de Jesucristo, maestro único y sólo salvador.

Fray Cándido.

bibliaytradicion.wordpress.com

martes, 24 de mayo de 2016

La expresión “subsistit in”, por Isaac García Expósito




Por Isaac García Expósito

(…) En este lugar quisiera terminar con el análisis del términocommunio, y, al menos brevemente, mostrar aún mi parecer respecto al que es quizá el punto más controvertido de la Lumen gentium: sobre el significado de la frase ya mencionada de la Lumen gentium 8, acerca de que la única Iglesia de Cristo, que en el Credo confesamos como la una, santa, católica y apostólica, «subsiste» en la Iglesia católica que es dirigida por Pedro y por los obispos en comunión con él. En el año 1.985, la Congregación para la Fe se vio en la necesidad de tomar una postura sobre este texto tan discutido, con motivo de un libro de Leonardo Boff, en el que el autor exponía la tesis de que así como la Iglesia una de Cristo subsiste en la católico-romana, del mismo modo lo hace también en otras Iglesias cristianas (17). Sobra decir que la declaración de la Congregación para la Fe fue cubierta de críticas mordaces y , consecuentemente, dejada a un lado. En el intento de reflexionar acerca de dónde nos encontramos hoy respecto a la recepción de la eclesiología conciliar, la cuestión sobre la interpretación del «subsistit» resulta ineludible y, por ello, la única declaración oficial del magisterio después del Concilio sobre esta palabra, justamente la mencionadaNotificatio, no puede ser pasada por alto. En el intervalo de 15 años se muestra más claramente que entonces que no se trata aquí tanto de un único teólogo, sino de una visión de la Iglesia que circula con distintas variaciones que todavía es absolutamente actual. La declaración de 1985 expuso detalladamente el contexto de la tesis de Boff, precisamente reproducida brevemente. No necesitamos volver aquí sobre estos detalles, porque tratamos de algo más fundamental. La tesis, cuyo representante de entonces fue Boff, se podría caracterizar de relativismo eclesiológico. Se basa en la opinión de que el mismo «Jesús histórico» no pensó en una Iglesia, y mucho menos la fundó. La figura real de la Iglesia sólo surgió tras la resurrección en el proceso de la escatologización a partir de las férreas necesidades sociológicas de la institucionalización, y, al principio, no hubo tampoco de ningún modo una Iglesia universal «católica», sino sólo distintas iglesias locales con diferentes teologías, ministerios, etc. Por tanto, ninguna Iglesia institucional puede afirmar que sea la Iglesia de Jesucristo querida por el mismo Dios; todas las formaciones institucionales se han originado, pues, por necesidades sociológicas, y, por ello, como tales, todas las formaciones humanas, bajo nuevas circunstancias, pueden también, o incluso deben, cambiar radicalmente. En su calidad teológica se diferencian entre sí mayormente de forma secundaria, y, por ello, se puede decir que en todas ellas, o en cualquier caso en muchas, subsiste la «Iglesia una de Cristo», con lo que la pregunta es con qué razón se puede hablar en general bajo esta perspectiva de una Iglesia de Cristo.
Frente a esto, la tradición católica ha optado por otro punto de partida: confía en los autores de los evangelios, cree en ellos. Entonces es claro que Jesús, que anunció el Reino de Dios, reunió en torno a sí discípulos para llevarlo a cabo; que no sólo les transmitió su palabra como interpretación del Antiguo Testamento, sino que, en el sacramento de la comunión, les dio un nuevo medio unificador, a través del cual todos los que le confiesan serán uno con él de una forma totalmente nueva; de tal forma que Pablo pudo designar esta comunión como ser-cuerpo con Cristo, como unidad corporal pneumática. Entonces también es claro que la promesa del Espíritu Santo no alude a un anuncio impreciso, sino a la realidad de Pentecostés, al hecho, pues, de que la Iglesia no ha sido ideada y hecha por hombres, sino que ha sido creada por Espíritu y es y continúa siendo criatura del Espíritu Santo.
Pero, entonces, en la Iglesia, institución y Espíritu se encuentran confrontados entre sí, como las corrientes mencionadas que nos quieren hacer creer. Entonces, la institución no es simplemente un andamiaje cualquiera desmontable y reorganizable que, como tal, no tendría absolutamente nada que ver con la cuestión de la fe. Entonces, esa forma de corporalidad pertenece a la Iglesia misma. La Iglesia de Cristo no se puede ocultar de forma inalcanzable tras las múltiples formaciones humanas, sino que existe realmente como Iglesia misma que se manifiesta en el Credo, en los sacramentos y en la sucesión apostólica.
El Concilio Vaticano II quiso expresar con la fórmula del subsistit – fiel a la tradición católica – justamente lo contrario del «relativismo eclesiológico»: existe la Iglesia de Jesucristo. Él mismo la quiso, y el Espíritu Santo la creó contra todo fracaso humano a partir de Pentecostés y la conserva en su identidad esencial. La institución no es una formalidad inevitable pero teológicamente irrelevante o en absoluto perjudicial, sino que pertenece en su núcleo esencial a la concreción de la encarnación. El Señor mantiene su palabra: «El poder del abismo no la hará perecer».
En este lugar es necesario indagar de forma algo más precisa sobre el términosubsistit. El Concilio diferencia con esta expresión la fórmula de Pío XII, que en su encíclica Mystici Corporis Christi había dicho: la Iglesia católica «es» (est) el cuerpo uno místico de Cristo. En la diferencia entre subsistit y est descansa todo el problema ecuménico. La palabra subsistit proviene de la filosofía antigua reelaborada por la Escolástica. Corresponde al término griego hypostasis, que en la cristología desempeña un papel central a la hora de describir la unidad de naturaleza humana y divina en la persona de Cristo. Subsistere es un caso especial de esse. Es el ser en la forma de un sujeto independiente. Exactamente de eso se trata aquí. El Concilio nos quiere decir que la Iglesia de Jesucristo se puede encontrar en la Iglesia católica comosujeto concreto en este mundo. Esto sólo ocurre una vez , y la representación de que hay que multiplicar el subsistit equivoca precisamente lo pensado. Con el términosubsistit el Concilio quería expresar lo específico e irrepetible de la Iglesia católica: existe la Iglesia como sujeto en la realidad histórica (18).
La diferencia entre subsist y est comprende, sin embargo, el drama de la división de la Iglesia: aunque la Iglesia es sólo una y existe realmente, hay ser a partir del ser de la Iglesia, realidad eclesial también fuera de la Iglesia una. Al ser el pecado una contradicción, lógicamente esta diferencia entre subsistit y est no se puede solucionar finalmente de forma plena. En la paradoja de la diferencia entre unicidad y concreción de la Iglesia, por una parte, y realidad eclesial consistente fuera del sujeto uno, por tora parte, se refleja lo contradictorio del pecado humano, lo contradictorio de la división. Tal división es algo absolutamente distinto de la dialéctica relativista arriba expuesta en la que la separación de los cristianos pierde su dolor y, propiamente, deja de ser división para convertirse en una representación de las diversas variaciones de un tema en el que todas las variaciones de un tema en el que todas las variaciones de algún modo tienen y no tienen razón. No hay, entonces, propiamente una necesidad interna para la búsqueda de unidad, porque, de todos modos, la Iglesia una está en todas partes y en ninguna. El cristianismo sólo puede existir en suma en variaciones dialécticamente opuestas unas a otras. Y el ecumenismo consiste en que todos se reconozcan mutuamente de algún modo, porque todos son sólo fragmentos de lo cristiano. El ecumenismo es el conformarse con una dialéctica relativista, porque el Jesús histórico pertenece al pasado y, de todos modos, la verdad permanece oculta.
La perspectiva del Concilio es totalmente otra: que en la Iglesia católica está presente el subsistit del sujeto uno que es la Iglesia, que no es en absoluto logro de los católicos, sino únicamente la obra de Dios que Él mantiene firme frente a los despropósitos permanentes de los responsables humanos. No pueden vanagloriarse de ello, sino sólo avergonzarse de su propio pecado y, al mismo tiempo, admirarse plenamente agradecidos por la fidelidad de Dios Sin embargo puede verse la obra de su propio pecado: todo el mundo puede observar el espectáculo de las comunidades cristianas separadas y enfrentadas, cómo se arrojan unas a otras sus pretensiones de verdad, y , así, echan a perder en apariencia la oración de Cristo en la tarde de su pasión. Mientras la división sea posible como realidad histórica para todo el mundo, la permanencia estable de la Iglesia una en la figura concreta de la Iglesia católica como tal sólo podrá percibirse en la fe.
Porque el Concilio Vaticano II ha comprendido esta paradoja, el ecumenismo es explicado como obligación de buscar la unidad real, y la Iglesia del futuro se ha puesto en camino.
(…)
Convocados en el camino de la Fe, Joseph Ratzinger. Ediciones Cristiandad, 2.004, pp. 149 - 154

(17) «Notificazione sul volumen: “Chiesa: Carisma e potere. Saggio di Ecclesiologia militante” del P. Leonardo Boff OFM», en Congregatio pro doctrina fidei, Documenta inde a Concilio Vaticano secundo expleto edita (1966-1985) (Librería Editrice Vaticana, 1985) 286-294. Las declaraciones aquí presentadas se corresponden en gran parte con lo que expliqué en 1990 en el encuentro de Vallombrosa (san Franciso-California): «Deus locutus est nobis in Filio: Some reflections on Subjectivity, Christology and the Church», en Proclaiming the truth of Jesus Christ. Papers from the Vallombrosa Meeting (Washington DC 2000) 13-29; para esto: 23-29
(18) Los padres conciliares, que fueron educados en la teología y la filosofía neoescolásticas, sabían bien que susbsistere es un concepto más estricto que esse: mientras esse comprende en la analogía entis todo el ámbito del ser en todas sus formas y maneras, subsistere es la forma de existencia de un ser subsistente en sí, como se produce de forma especial en el «sujeto».

Fuente:  http://infocatolica.com/blog/fidesetratio.php/subsistit-in

La expresión “subsistit in”, por Néstor Martínez


Subsistit in



El paréntesis filosófico continúa, pero ahora en clave teológica, en la variante “amateur". Desde el Concilio Vaticano II se ha venido diciendo en muchas ocasiones lo siguiente:
“En lo referente a la relación entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica, la expresión “subsistit in” (“subsiste en”) sustituye al “es”.
Es decir, en vez de decir “la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica” o “la Iglesia Católica es la Iglesia de Cristo”, ahora se dice “la Iglesia de Cristo subsiste en la lglesia Católica”.
(Curiosamente, habría que ver cómo sería, de acuerdo a esto, la frase en la que el sujeto fuese la Iglesia Católica.)
Con ella se expresa que la plenitud de la Iglesia de Cristo se encuentra solamente en la Iglesia Católica.
La “subsistencia” es la propiedad del ser en forma de sujeto que existe en sí, y en ese sentido, expresa también el ser en su modo perfecto, la sustancia, contrapuesto al ser imperfecto, que es el accidente, que existe “en otro”, y también a las partes de la sustancia, físicas o metafísicas, que no “subsisten” sino en cuanto integradas en la sustancia completa.
Pero esta expresión, a diferencia del “es”, deja abierta la posibilidad de que fuera de esa plenitud, por el pecado de los hombres que hace surgir las divisiones entre los cristianos, existan “elementa ecclesiae”, concretamente, Iglesias locales y comunidades cristianas, que de suyo tienden a la unidad católica.
Lo que esta expresión no permite es decir que la Iglesia de Cristo “subsiste en” las Iglesias o comunidades cristianas separadas de la Iglesia Católica. En ese sentido se ha pronunciado el Magisterio eclesiástico contra Leonardo Boff.”
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Frente a todo esto, se impone la pregunta: ¿Hay o no hay identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica?
Si la hay, obviamente que hay que seguir diciendo, tanto que la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica, como que la Iglesia Católica es la Iglesia de Cristo.
Si no la hay, obviamente que no la habrá tampoco entre la Iglesia de Cristo y cualquier otra Iglesia o comunidad cristiana. Y entonces, o bien la Iglesia de Cristo se identifica con el conjunto de las Iglesias y comunidades cristianas hoy existentes, o bien es una realidad puramente espiritual, o bien no existe hoy día.
Pero ninguna de estas alternativas es aceptable. La Iglesia de Cristo es una, tanto en su dimensión espiritual como en su dimensión visible. Y esa unidad no se da hoy entre todas las Iglesias y comunidades cristianas existentes.
Igualmente, la Iglesia de Cristo no es puramente espiritual, sino también visible.
Y obviamente que existe hoy día, con sus dos dimensiones, la visible y la invisible, pues ello es una verdad de fe.
Luego, sólo queda la identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica, y en ese sentido, sigue siendo verdad que la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica, y que la Iglesia Católica es la Iglesia de Cristo.
De hecho, en Metafísica la identidad se define como “unidad en la sustancia”, o sea, precisamente, en la “subsistencia”. La “subsistencia” puede por tanto entenderse analógicamente, “secundum quid", de toda forma perfecta de existencia de algo, aunque no designe la forma perfecta de existencia del ente como tal, que es la sustancia, la cual no puede aplicarse a la Iglesia en sentido entitativo, pues está formada por muchas sustancias, es decir, muchas personas.
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Pero, se objeta, la afirmación de esa identidad, mediante el “es”, excluye que fuera de la plena comunión que es la Iglesia Católica pueda haber “elementa ecclesiae”.
A lo que respondemos que eso sería verdad, si la identidad se afirmase bajo todo punto de vista, pero no lo es si, como es el caso, la identidad se afirma solamente desde el punto de vista, precisamente, de la “subsistencia” de la Iglesia Cristo, o sea, de su realidad perfecta.
Es la Iglesia de Cristo en su subsistencia, en su realidad perfecta, la que es la Iglesia Católica, y es la Iglesia Católica la que es la Iglesia de Cristo en su subsistencia, en su realidad perfecta. Bajo este punto de vista, la identidad es total.
Eso no excluye, por tanto, que si consideramos a la Iglesia de Cristo no en su subsistencia o realidad perfecta, sino en sus realizaciones imperfectas, porque desgajadas del tronco original, en los “elementa ecclesiae” que se dan fuera de la Iglesia Católica, allí, y sólo allí, no valga la identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica, sino que sean, imperfectamente por eso mismo, no en forma subsistente, Iglesia de Cristo, o mejor, elementos de la Iglesia de Cristo, sin ser Iglesia Católica.
¿Hay en esto algún atentado contra la lógica? No, porque tradicionalmente en la filosofía realista y en la teología católica el modo de evitar los atentados contra la lógica ha sido distinguir las diversas acepciones de los vocablos, como hemos hecho aquí.
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Es decir, que el “subsistit in” es un gran hallazgo de la teología conciliar, si y sólo si se lo entiende en unión con el “es”, del cual de ningún modo se puede prescindir.
En efecto, ¿qué quiere decir que la naturaleza humana subsiste en Pedro, sino que Pedro es hombre? No se trata solamente de que la naturaleza humana se encuentreen él, sino de que él es hombre. Una moneda se encuentra en un bolsillo, pero el bolsillo no es la moneda.
Y por la misma razón, no alcanza con decir que en la Iglesia Católica subsiste la Iglesia de Cristo, o se encuentra la Iglesia de Cristo, si no se dice además, o peor aún, se niega, que la Iglesia Católica es la Iglesia de Cristo.
Ahora bien, la naturaleza humana puede subsistir en varios individuos distintos, en Juan, en María, y por eso no se puede decir sin más que la naturaleza humana es Pedro.
Pero la Iglesia de Cristo, según la doctrina católica, no tiene ni puede tener varias subsistencias distintas. Luego, nada impide, sino que al contrario, es necesario decir que la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica.
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La prueba del nueve de lo que venimos diciendo es que ciertamente no parece posible sostener en teología católica las tesis siguientes: 1) La Iglesia de Cristo no es la Iglesia Católica. 2) La Iglesia Católica no es la Iglesia de Cristo.
Pero por el principio de tercero excluido, o la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica, o no lo es, no hay tercera posibilidad. E igualmente: o la Iglesia Católica es la Iglesia de Cristo, o no lo es, no hay tercera posibilidad.
Por la misma razón no parece tampoco que se pueda decir que no hay que pronunciarse sobre si la Iglesia de Cristo es o no es la Iglesia Católica, o viceversa. Porque necesariamente una de las dos proposiciones contradictorias es verdadera, y entonces, es necesario definirse por una o por la otra.
Recordemos que, obviamente, el Concilio no ha negado que la Iglesia de Cristo sea la Iglesia Católica, o viceversa, ni tampoco ha dicho expresamente que se deba “sustituir“, y no complementar, una expresión con la otra.
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¿Bastará con decir que la situación creada por la división surgida del pecado del hombre es contradictoria y no puede resolverse lógicamente, y que por eso mismo, la tendencia ecuménica a la unidad muestra que no estamos aceptando el relativismo eclesiológico que intenta fundamentarse en la pluralidad de subsistencias eclesiales?
No nos parece. Ante todo, lo contradictorio no existe, ni puede existir.
En segundo lugar, no es contradictorio afirmar la identidad en cuanto a la subsistencia y negarla en cuanto a lo que carece de subsistencia.
Y en tercer lugar, la búsqueda ecuménica de la unidad no puede ser la búsqueda de la unidad de la Iglesia, sino sólo la búsqueda de la unidad de los cristianos. La Iglesia es Una, no sólo en lo espiritual sino también en lo visible, y lo esindefectiblemente: dato de fe. La Iglesia no ha dejado nunca de ser Una, desde Pentecostés, ni dejará de serlo hasta la Parusía.
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El “es”, como no podía ser de otro modo, es palabra clave del pensamiento católico. Jesús es Dios, y no solamente Dios se encuentra o está en Jesús. La eucaristía es el Cuerpo y Sangre de Cristo, que no solamente están o se encuentran en ella. Y la Iglesia de Cristo no se encuentra solamente en la Iglesia Católica, sino que es la Iglesia Católica, y sólo en ese sentido se entiende católicamente el “subsistit in”.
Fuente: http://infocatolica.com/blog/praeclara.php/1301180544-subsistit-in